Biografías: Religioso

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San Agustin

354 - 430

Nació el 13 de noviembre del Año 354 en Tagaste, pueblo que hoy se conoce por Souk-Ahras (Argelia).

Nació el 13 de noviembre del Año 354 en Tagaste, pueblo que hoy se conoce por Souk-Ahras (Argelia). Hijo de Patricio y Mónica con profundas diferencias de tipo religioso, Patricio era Pagano y Mónica Cristiana.
El hogar de Agustín era escenario de frecuentes discusiones y peleas a causa del peculiar carácter de Patricio. Agustín hace una semblanza de sus padres: “Patricio era extraordinariamente bueno, pero muy pronto a violentos movimientos de ira.

En esos momentos Mónica guardaba silencio, pero una vez pasado el enojo de Patricio, ella aprovechaba cualquier oportunidad para hacerle ver su mal comportamiento”. Agustín fue educado en la fe cristiana por su madre. Hasta los once años permanece en Tagaste y asiste a la escuela del pueblo. Durante estos años todos le consideraban un niño inteligente, flojo, alegre y travieso. Cursa estudios en Madaura, más tarde se translada a Cartago – distante 200 kilómetros de Tagaste – para concluir su preparación académica. Sucedió entonces un suceso que daría a su vida de estudiante un cambio radical: su padre muere en el año 371. Ante este hecho el joven y apasionado Agustín toma conciencia del sacrificio que han realizado sus padres para que él se construya un futuro y decide encauzar su vida. Cuando Agustín llegó a Cartago, el ambiente estudiantil estaba viciado. Su temperamento fogoso le hizo cometer errores. Él mismo nos lo relata en sus Confesiones: “Por aquéllos – 17 – años comencé a vivir con una mujer a la que no estaba unido en legítimo matrimonio. Fue la pasión ciega quien me la buscó. Pero, eso sí, tuve una sola y le guardé fidelidad como a una esposa. En ella experimenté por mi mismo la diferencia que existe entre el legítimo matrimonio, en cuyo seno nacen contra la voluntad de sus padres, aunque después de nacidos obligan a que se les quiera.
A su hijo Adeodato, a quien tal ves en principio no deseaba, lo amó profundamente y siempre lo tuvo a su lado, educándolo con esmero y cuidado paternal.

A los 20 años. Regresa a Tagaste, como profesor de Gramática. Es un excelente profesor y también un comprometido proselitista maniqueo – persona perteneciente a la secta religiosa de Manes -. Cuando Mónica se de cuenta de que su hijo se ha alejado del cristianismo, le prohíbe comer en su mesa y dormir en su casa. Agustín regresa de nuevo a Cartago y decide enseñar Retórica. Le acompañan algunos de sus alumnos de Tagaste. Durante estos años se dedica a la lectura y escribe poemas, logrando ser laureado en los certámenes literarios que tienen lugar en la ciudad. Con 26 años publica su primer libro “De pucrho et apto”. No obstante su éxito profesional, el comportamiento irresponsable de sus alumnos y el limitado ambiente cartaginés le animan a trasladarse a Toma, la capital del Imperio.

De sus años como profesor en Cartago recuerda: “Lo que me encantaba de mis alumnos era la conversación, la risa, la lectura en común de libros agradables, en el compañerismo, las pequeñas discusiones sin acritud, el estudio en grupo en que cada cual enseña y aprende al mismo tiempo, la expresión de los sentimientos…, éstas y otras señales que brotan del corazón de los que aman y se expresan con la palabra y con el calor con que se funden las almas para no formar más que una sola”.
En la Ciudad Eterna, busca alumnos más formales y también desea ganar más dinero. Pero ,sobre todo, su ambición es triunfar. Allí consigue abrir una escuela. Al año siguiente se marcha a Milán. Se presenta a concurso de oposición y cana la cátedra Imperial de Retórica de esa ciudad.

En Milán el “profesor africano” comienza a visitar asiduamente la Catedral atraído por la fama del Obispo Ambrosio, gran orador. Por fin, un día la paz de un jardín y las palabras de la Biblia: “Andemos decorodamente como en pleno día, no en comilonas ni borracheras, no en fornicaciones ni desenfrenos, no en rivalidades ni envidias, sino revestíos del Señor Jesucristo” (Rom. 13,13) dan a Agustín el empujón que necesitaba para convertirse en un “hombre nuevo”. Él mismo ilustra esta profunda experiencia de conversión: “No quise leer más. Al terminar de leer esa frase sentí en mi corazón como una luz de serenidad que disipó todas las tinieblas de mi vacilación. Con 32 años su ideal va a ser conocer a Dios para amarle.

Decide abandonar la enseñanza y se retira con sus amigos a una hacienda en Casiciaco. Allí descansa, reflexiona, escribe y comparte con sus amigos su preparación para el bautismo. Todos convives como si fueran una sola persona orientando sus pasos hacia Dios. Al llegar la Pascua del año 387, Agustín recibe el bautismo de manos de Ambrosio. Después de la muerte de Mónica, “la madre de tantas lágrimas”, acaecida en el puerto de Ostia (Roma) en el año 388, Agustín se dirige a su pueblo natal, Tagaste, reparte su herencia entre los necesitados y funda un monasterio donde convive con los amigos que le han acompañado. Su plan de vida está cifrado en la oración y la convivencia. Sin embargo pronto su fama de hombre sabio se extiende y se convierte en el “consejero” de muchas personas, inclusive de otros países del mundo romano. Este mismo año,388, muere Adeodato, su hijo, que vivía con él. En el año 391 viaja a Hipona para visitar a un amigo.

Estando en la Iglesia de la ciudad, los fieles le reconocen, lo aclaman y piden al Obispo Valerio que le haga sacerdote. Su fama se extiende por todo el Imperio Romano. La influencia de su acción pastoral a favor de los necesitados, el brillo de su predicación y la sabiduría de sus escritos marcan un camino que la Iglesia ha seguido por XVI siglos. San Agustín cayó presa de la fiebre y desde el primer momento, comprendió que se acercaba la hora de su muerte. Desde que había abandonado el mundo, la muerte había sido uno de los temas constantes de su meditación. En su última enfermedad, el santo habló de ella con gozo: “¡Dios es inmensamente misericordioso!” Con frecuencia recordaba la alegría con que San Ambrosio recibió la muerte y mencionaba las palabras que Cristo había dicho a un obispo que agonizaba, según cuenta San Cipriano: “Si tienes miedo de sufrir en la tierra y de ir al cielo, no puedo hacer nada por ti”.

El santo escribió entonces: “Quien ama a Cristo no puede tener miedo de encontrarse con El. Hermanos míos, si decimos que amamos a Cristo y tenemos miedo de encontrarnos con El, deberíamos cubrirnos de vergüenza”. Durante su última enfermedad, pidió a sus discípulos que escribiesen los salmos penitenciales en las paredes de su habitación y los cantasen en su presencia y no se cansaba de leerlos con lágrimas de gozo. San Agustín conservó todas sus facultades hasta el último momento, en tanto que la vida se iba escapando lentamente de sus miembros. Por fin, el 28 de agosto de 430, exhaló apaciblemente el último suspiro, a los setenta y dos años de edad, de los cuales había pasado casi cuarenta consagrado al servicio de Dios. San Posidio comenta: “Los presentes ofrecimos a Dios el santo sacrificio por su alma y le dimos sepultura”. Con palabras muy semejantes había comentado Agustín la muerte de su madre. Durante su enfermedad, el santo había curado a un enfermo, sólo con imponerle las manos.

Posidio afirma: “Yo sé de cierto que, tanto como sacerdote que como obispo, Agustín había pedido a Dios que librase a ciertos posesos por quienes se le había encomendado que rogase y los malos espíritus los dejaron libres”.
Las principales fuentes sobre la vida y carácter de San Agustín son sus propios escritos, especialmente las Confesiones, el De Civitate De¡, la correspondencia y los sermones.

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