Biografías: Revolucion Mexicana

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CARLOTA DE MÉXICO

1840-1927

La princesa María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, hija de los reyes de Bélgica, Leopoldo I y María Luisa de Orleáns, nació en el palacio de Laeken, cercano a Bruselas.

CARLOTA DE MÉXICO

 

La princesa María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, hija de los reyes de Bélgica, Leopoldo I y María Luisa de Orleáns, nació en el palacio de Laeken, cercano a Bruselas. Aunque el rey era luterano, Carlota fue educada como sus hermanos en la religión católica. A la muerte de la reina María Luisa, en 1850, su formación moral se confía a la condesa de Hulst, pero sigue bajo la tutela directa de su padre llamado “el juez de paz de Europa” de gran prestigio internacional y consejero del príncipe consorte Alberto y de Victoria, reina de Inglaterra. Desde niña, Carlota muestra un carácter reflexivo y reservado que pronto se tradujo en severidad para juzgarse a sí misma y a los demás.

A los dieciséis años es pretendida por el príncipe Jorge de Sajonia y por el rey don Pedro V de Portugal. En mayo de 1856 el archiduque Maximiliano, hermano del emperador de Austria y Hungría, Francisco José, hace una visita a la corte de Bélgica. Los planes para efectuar un matrimonio de Estado iniciados entonces por el mismo Leopoldo I, culminan en 1857 en una unión a la cual Carlota se inclina por verdadero amor. Desde su viaje de bodas empieza a compenetrarse del destino que merecen sus derechos de familia y su propio casamiento. Maximiliano, nombrado gobernador general de las provincias lombardo-venecianas, la lleva a Milán, en donde la pareja es recibida con extraordinaria solemnidad. Carlota acepta los deberes que le impone su representación y cumple sus obligaciones con característica exactitud.

En un anticipo al interés que ha de sentir por las costumbres e indumentarias regionales de México, ya en Italia en determinadas ocasiones se viste y peina como una campesina lombarda. Pero las intrigas en la corte de Viena, las suspicacias provocadas por ciertas actitudes de su esposo y, por fin, la contienda entre Austria y las fuerzas piamontesas y las de Francia, obligan a Maximiliano a dejar el gobierno de Milán, para mandar, solo en apariencia, la flota del mar Adriático.

Terminada la guerra el archiduque se retira al Palacio de Miramar que ha construido en Trieste. Es ahí donde los monárquicos mexicanos le ofrecen un imperio. También es ahí donde empiezan a traslucirse las primeras desavenencias matrimoniales, que tomarán un cariz más acusado en México. Quizá estos desengaños y, sin duda alguna, las ambiciones y los vehementes deseos de Carlota de escapar de un disfrazado destierro y de una vida sin gloria, la impulsan a influir en el ánimo de Maximiliano para decidirle la plena aceptación de la corona de México. Sus funciones de emperatriz las desempeñó con dignidad, y aun mostrando gusto para ejercer el poder en las ausencias del emperador.

Si el boato y cumplimiento del protocolo en las funciones de palacio atrajeron su atención, también es patente su interés por las obras de asistencia a favor de las clases necesitadas, y funda la Casa de Maternidad e Infancia. La suerte de los indios, su estado jurídico, sus manifestaciones artísticas, son motivo para suscitar en ella marcadas preferencias.

Abundan ejemplos de su fuerte personalidad puesta invariablemente al servicio del emperador. Su viaje a Yucatán es, en aquellos tiempos, un rasgo de decisión cuyos resultados fueron favorables al Imperio.

El distanciamiento de Maximiliano con Bazaine, la negativa de Napoleón III a que continuaran en México sus ejércitos y la situación de la Hacienda Pública, estimulan la obstinada abnegación de la emperatriz y deciden su partida a Europa para convencer al emperador francés de la necesidad de seguir contando con la ayuda militar y económica de Francia.

Se embarca en Veracruz el viernes 13 de julio de 1866 en el paquebote Imperatrice Eugénie, de la Trasatlántica Francesa. Le acompañan los mexicanos Martín del Castillo, ministro de Relaciones Exteriores, del Valle y Neri del Barrio y su esposa. Ocurren las primeras desventuras al desembarcar Carlota en Saint Nazaire, en donde es recibida únicamente por el alcalde, acompañado de su consejo municipal, que hace ondear una bandera peruana, pues no se ha encontrado ninguna bandera mexicana.

En París los funcionarios imperiales nombrados para atenderla a su llegada se equivocan de estación, y la emperatriz de México tuvo que aceptar el alojamiento del Gran-Hotel, en vez de las Tullerías, como ella esperaba. Las angustiosas e infructuosas entrevistas con Napoleón III y los ministros, que quería ganar para la causa de Maximiliano y, al fin, la cortante negativa del emperador, empezaron a afectar su sistema nervioso.

Se dirige a Trieste para descansar unos días en Miramar. Emprende desde allí el viaje a Roma para ver al Sumo Pontífice y obtener la aprobación del concordato, y afirmar así el apoyo de los conservadores de México cuando se ha perdido el de Francia. El 27 de septiembre de 1866 Carlota tiene su primera entrevista con el Papa, del cual sólo alcanza promesas vagas que la dejan sin esperanzas de arreglos con la Santa Sede. El 30 de septiembre, a las ocho de la mañana, Carlota, sin avisar a su séquito, acompañada sólo de la señora Del Barrio, vuelve al Vaticano para ser introducida en el acto ante la presencia del Pontífice. Éste estaba desayunando y tenía delante una taza de chocolate, en la que de repente, a la mitad de la conversación, Carlota mojó los dedos y llevándoselos a la boca manifestó que se moría de hambre, pues todo cuanto le servían contenía veneno, y que todos los que la rodeaban, a sueldo de Napoleón, querían asesinarla.

Su locura va en aumento y el 17 de octubre su hermano, el conde de Flandes, acude a Roma para llevarse a su hermana a Miramar. Desde entonces Carlota pasa por intervalos de lucidez y demencia. Ante los propósitos de la familia real belga se conciertan arreglos con la imperial de Austria. Carlota regresa a su patria y es alojada en el castillo de Tervueren, al que llega el 6 de agosto de 1867, casi dos meses después de haber sido fusilado Maximiliano en el Cerro de las Campanas. Reside una temporada en el Palacio de Laeken para instalarse después en el castillo de Bouchout en donde viviría hasta su muerte.

Fuente: Diccionario Porrúa de Historia, Biografía y Geografía de México
Cortesía de Editorial Porrúa Hermanos, S.A. de C.V.

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