Sección: Todo en Familia 14 mayo 2016 01:00 pm

Felices juntos

Una cita semanal con el personaje creado por la escritora Patricia Suárez para Clarín Mujer. Para identificarse, sonreír y reflexionar.

Mujere sorprendida

Está tirada en el puf de Horacio, hojeando una revista de Historia sobre las mujeres más peludas en el arte pictórico (¡qué culto es Horacio!), cuando él viene de la ducha envuelto en su bata blanca y primorosa y le pregunta: “Cat, ¿te parece que entrarán acá en el saloncito tu maniquí, la máquina de coser y las cosas que necesitás para hacer vestuarios, o alquilamos algo más amplio? A lo mejor estaría bueno que tengas una habitación que sea tu taller. Eso le daría mayor privacidad a tu trabajo. Digo, para cuando te inspirás en tus creaciones…” Caty lo miró sorprendida por dos cosas: una, porque había tomado la costumbre de llamarla Cat, cosa que le encantaba y dos, porque ¿de qué hablaba? ¿Quería instalar un negocio de vestuario en su casa? ¿Iba a contratarla como sastre pompier ahí mismo? ¿Iba, para decirlo así, a conchabarla como costurera? Lo miró ceñuda; las revistas con mujeres peludas se le cayeron al piso.

“Alquilamos algo más grande, entonces. ¿Querés que tengamos un patio?” ¿En el patio colgarían la ropa de Sastrería Kharma a secar? ¿Acaso instalaría un tendedero? Al costadito una gran tabla de planchar… “Un patio puede ser lindo. Ponemos unas plantitas. Yo no soy muy bueno para las plantas, pero podemos turnarnos acerca de quién las riega o no. De última podemos colgar unos potus. Tener una mascota. A mí me gustaría un perro, un bull terrier, por ejemplo, que es un perro tan feo, tan feo, que hasta parece lindo. ¿Sabés de qué perros te hablo?” “Sí…”, tartamudeó Caty.

“Lo veo por tu cara, no querés un perro. Tenés razón: a un perro hay que pasearlo todos los días y levantar la caca del piso, eso es bastante asqueroso en sí. Además de bañarlo, cepillarlo, enseñarle trucos… Es mejor un gato, es verdad. Un siamés no, tienen fama de ser muy nerviosos. Un gatito de la calle, de cualquier color, a mí lo del color me da igual.” Caty seguía en un silencio lindante al ataque de asma. Ya estaba comenzando la taquicardia, ¿estaba poco ventilada la habitación? “¿Un gatito tampoco, Caty? ¿No querés un gatito? A mí me gustan animalitos que se puedan acariciar. A un pez dorado si lo acariciás, lo matás. Y si es una tarántula, te mata a vos. A la tortuga se le puede acariciar el caparazón, pero no es muy expresiva.” “No, no lo es”.

“Está bien. Lo veo en tu cara. No querés una mascota.” Caty sintió que el ataque de pánico se aproximaba.

“Pero las plantas, sí. ¡Una glicina sería tan lindo! En la casa de mi abuela había una palta, y qué felicidad cuando caían las paltas y mi mamá las cocinaba. Las enredaderas tienen su magia; pensá en las madreselvas a las que le cantaba Gardel o Libertad Lamarque. Tengo todos los discos de la Lamarque. Un día los podríamos escuchar, debajo de nuestra enredadera, mientras tomamos negronis y quesitos cortaditos…” El corazón de Caty se desbocaba. Quería hablar pero jadeaba, espiraba el aire en forma de tos.

“¿Tampoco los quesitos, Cat? No podés cuidar la silueta a un punto que te haga tan infeliz y privarte de una picada como la gente entre dos amantes fogosos, que vendríamos a ser nosotros.” Caty estaba al borde del desmayo. Su pulso latía al ritmo de toda la escuela de Glee cuando hacen Rehab. Ella, indudablemente, moriría dentro de un segundo o segundo y medio. Pero moría contenta, como el sargento Cabral salvando al General San Martín y diciendo a viva voz: Muero contento, hemos vencido al enemigo. Por fin había encontrado el amor de su vida, y ahora para festejarlo, ella se moriría en la guardia de Cardiología del Argerich.

“Estás pálida. ¿Te ofendí diciendo que no hagas tantas dietas?” Caty hizo no con la cabeza. Debería juntar aliento para pedirle que llame al 911.

“¿Entonces, lo que no querés, es vivir conmigo?” Listo, en ese instante, le vendría la muerte como un rayo celestial para partirla y hacerla añicos.

“Cat, estás azul. ¿Te sentís bien? Si no querés que vivamos juntos, no es grave. A lo mejor más adelante, cuando estemos más consolidados como pareja o …” Caty interrumpió. Un hilo de voz salió de su cuerpo y sonaba como la de Chucky el muñeco diabólico.

“Quiero, quiero, quiero, quiero, Horacio. Quiero vivir juntos. Quiero”.

Después se desmayó.

Fuente Clarin mujer

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