Sección: Cultura General 6 julio 2018 03:00 pm

¿Es la democracia el mejor sistema político?

 
La gran mayoría no dudaríamos en responder afirmativamente a esta pregunta. Es más, nos sorprendería que nos la hicieran. ¿Acaso se está insinuando que nos iría mejor en una dictadura? Pues no, obviamente no voy por ahí.
La base de la democracia es que cada persona tiene un voto y además es libre para decidir qué hace con él. A eso se añade que todos los votos valen lo mismo, lo que significa que todos tenemos el mismo valor político sea cual sea el nivel de formación de cada uno. Naturalmente, en los albores de la democracia todo esto fue muy debatido. Tanto en Inglaterra como en otros países costó mucho tiempo admitir que votasen los campesinos y obreros en pie de igualdad con la gente educada, o simplemente adinerada. Se cuestionaba por ejemplo que, al no tener unos y otros capacidades equiparables para decidir sobre su voto, carecía de sentido darles el mismo poder para determinar los destinos de la nación. Pero no solo se discutía sobre el nivel cultural o intelectual, sino también sobre los grados de libertad con que cada cual podía formarse su propia opinión política. Así, el motivo por el cual se negó durante mucho tiempo el voto a las mujeres fue por creer que estarían mediatizadas por sus maridos.
Los defensores de la universalización del voto no ignoraban que detrás de cada voto habría niveles muy dispares de instrucción y de comprensión de la realidad política, y que los más ignorantes serían más fácilmente manipulables. Pero su apuesta se basaba en la convicción de que el hecho de votar animaría a estos a esforzarse por elaborar más su opinión para acertar con su voto y, en consecuencia, haría que progresivamente fuera elevándose el nivel medio de cultura política de los ciudadanos. Por tanto, veían la democracia como un proceso dinámico en el que su calidad iría mejorando con la práctica; no, desde luego, como algo fijo, a perpetuar.
Aunque el nivel de educación académica ha aumentado mucho desde entonces, si hablamos de formación política está claro que aún estamos muy lejos de haber alcanzado ese ideal en el que todos depositaríamos nuestro voto con un nivel de capacidad de análisis similar sobre lo que le conviene al país. Pero lo importante es si nos estamos acercando a ese ideal o no. Hoy en día ya no se discute la universalización del voto. Sin embargo, sigue teniendo sentido plantear con qué grado de conocimiento se ejerce y, sobre todo, de cuánta libertad real se dispone para adquirir ese conocimiento.
La cultura política en una sociedad depende, básicamente, de la claridad y sinceridad con la que hablen los políticos; del rigor y la independencia con que nos informen los medios de comunicación y, finalmente, de la intención que tengamos los ciudadanos para profundizar y discernir entre lo que unos y otros nos cuenten. Aunque la mayoría de los políticos tienden a mentir por sistema, es clave el papel de los medios de comunicación y, sobre todo, el que asumamos los ciudadanos.
¿Y qué pasa cuando los medios de comunicación más influyentes en España son propiedad de tres o cuatro empresas, que además comparten intereses con quienes nos gobiernan o con quienes pueden llegar a hacerlo? Por ejemplo, el Gobierno de Rajoy acaba de adjudicar los nuevos canales de televisión, a un paso de las elecciones ¿lo ha hecho buscando promover la diversidad de opinión? Parece que no; que los beneficiados han sido algunos de los grupos empresariales mediáticos ya establecidos. Cabe sospechar que, más allá del negocio que represente explotar esas televisiones (suponiendo que no pierdan dinero), lo que realmente subyace al afán de estos grupos empresariales por controlar tales medios de comunicación es el poder que les brindan para modelar las opiniones políticas de su público.
¿Hasta dónde se puede llegar a manipular la opinión de la gente cuando los medios de comunicación deciden alinearse activamente con el poder político? Un ejemplo muy claro lo estamos viendo en Cataluña. En pocos años el voto independentista ha pasado de no llegar al 15% a rozar el 50%. ¿Alguien se cree que eso se ha debido a la reflexión libre e independiente de los ciudadanos? Es evidente que ahí han jugado varios factores, pero sin duda los más decisivos han sido el adoctrinamiento en las escuelas, la activa colaboración de los medios de comunicación locales y, sobre todo, la instrumentalización por parte de la Generalitat de todos los mecanismos de poder a su alcance para ir conformando la opinión de los catalanes de acuerdo con sus intereses. ¡Y Artur Mas presumiendo del ejemplo de democracia que están dando al mundo! Pasma el descaro y la impunidad con el que se está manipulando la opinión de las personas, en flagrante violación del principio democrático. Pero este es solo un ejemplo que por su obviedad resulta especialmente ilustrativo. Hay otros muchos que, aun siendo más sutiles y pasando más desapercibidos, probablemente son tan eficaces como el de Cataluña.
En la mayoría de los casos, detrás de los gobiernos suelen situarse los grandes grupos financieros y empresariales. De hecho, los medios de comunicación privados suelen depender en gran medida de su apoyo económico, sea porque controlan su propiedad o por medio de la publicidad que les contratan. Y estos grupos apuestan, básicamente, por una estabilidad y continuidad del modelo político y económico vigente. No quiero decir con esto, que sean los que mueven los hilos del Poder en la sombra y que los gobiernos y los políticos no sean más que simples títeres suyos. No, no estoy diciendo eso. De hecho, creo que la interrelación entre unos y otros debe ser bastante más compleja de lo que parece. Pero lo importante es que eso crea una especie de coalición de intereses que, por una parte, proporciona esa estabilidad que, con más o menos matices, la mayoría de los ciudadanos desean pero, por otra parte, actúa con todos los medios a su alcance para moldear y direccionar a la opinión pública en el sentido que a ellos les parece más conveniente, reduciendo con ello los escasos márgenes de libertad de que disponemos los ciudadanos.
Como ya me he referido a esto en otras ocasiones no me extenderé más sobre ello. Pero lo que me importa señalar ahora es hacia qué clase de democracia vamos. Y si nos dirigimos hacia un sistema político en el que el voto de la ciudadanía esté cada vez más manipulado y todos estemos más aborregados y alienados, tendremos que admitir que esta democracia no nos sirve. En tal caso, tendremos que reinventarla, recuperando su esencia. Y hay margen para ello.
Por una parte, el hartazgo de la gente con el sistema político actual, unido al malestar creado por la crisis económica y la falta de confianza en el futuro, está creando el caldo de cultivo para que surjan nuevas opciones políticas. Y no me refiero solo a la aparición de partidos como Ciudadanos y Podemos, porque lo más probable es que estos se quemen en unos años. Pero después surgirán otros. Por otra parte, las posibilidades que ofrecen Internet y las nuevas tecnologías están facilitando la aparición de nuevos periódicos, televisiones y foros de opinión y debate más independientes, lo cual contribuirá a que la gente se forme su opinión más libremente. Por otra parte, esta situación de crisis parece estar animando a muchas personas a comprometerse en la activación de nuevas formas de participación política, en una especie de regeneración desde abajo. Y esto último es la clave.
En realidad, lo único que puede impedir el adoctrinamiento progresivo de los ciudadanos en este sistema político es que estos perciban la amenaza y decidan activarse y organizarse para ampliar su comprensión de la realidad, generar visiones y políticas alternativas, y llegar a ser capaces de imponérselas a las organizaciones políticas y económicas que detentan el poder. En definitiva, solo tenemos dos opciones: o nos resignamos a ser pastoreados, o aprendemos a vivir fuera del rebaño, asumiendo entonces el compromiso de ejercitar y profundizar en la libertad de opinión, de promover su extensión en el seno de la sociedad y de poner en marcha iniciativas sociales y políticas autónomas e independientes de los grandes poderes públicos y privados mencionados.
Manuel Bautista Pérez

Fuente www.otraspoliticas.com

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